Primero, las últimas y Una oración contestada Por Lillian R. Cordero Vega

Primero, las últimas

Vivió por mucho tiempo como si la vida le debiera algo, pero Juan Tomás ya no es el mismo desde su encuentro reciente con el Sol de Justicia. Había cambiado, ahora su rostro era como una antorcha generosa en la oscuridad. Hoy parecía un sábado ordinario, pero había algo diferente. Juan Tomás se levantó con el alba y como cada lunes y cada martes llegó primero que todos a la botellería. Desde el dintel de la puerta repasaba lo que creyó perdido en la noche de los tiempos, el cómo había llegado hasta allí, cuántos callejones sin salida enfrentó, del trabajo como burro de carga que en tantas ocasiones le hizo verse y desearse hasta que lo logró, era el dueño de la botellería más grande y próspera de Cangrejos. Juan Tomás no se daba cuenta que los síntomas de la metamorfosis vital de los que reciben la Luz ya había comenzado. Y como en un cambio de aire, sintió un fuego en sus pies que provocó la urgencia de moverse mientras en su cabeza se implantaba una idea: las botellas son muchas y las manos pocas, consigue manos para la obra. Con presteza emprendió la búsqueda. Primero tocó las puertas de los vecinos proponiendo pagar un día de salario regular por la tarea de limpiar botellas. Solo algunos respondieron, pero Juan Tomás era perseverante, hoy como antes. Ya era media mañana cuando llegó al Zanjón, ese lugar de encuentro de la juventud del barrio en la que pasaban las horas muertas pescando jueyitos, jugando trompo o gallitos. Nuevamente, presentó su propuesta de trabajo a la que muchos de ellos respondieron favorablemente. No complacido con esto, siguió hasta el Caserío de los Veteranos, allí estaban las mujeres tendiendo ropa, sacudiendo alfombras, limpiando balcones y alrededores. A éstas también hizo su propuesta, que para su sorpresa respondieron inmediatamente. Ya eran las cuatro de la tarde y la jornada de trabajo estaba casi por culminar más al pasar frente al Cuarto de Socorro, ese lugar cuyo nombre no podía ser más apropiado que el que luego llevaría de dispensario o centro de diagnóstico, lo detuvo una propuesta inesperada. Una joven, que llevaba rato viéndole en su trajín, se le acercaba con un penoso movimiento oxidado y su brazo dormido que se resistía en abandonar su pecho. Era Lirín que acostumbraba sentarse a la orilla del camino como esperando un ángel que moviera las aguas y concediera el milagro que esperaba, no tenía para comer. Moviendo la pollina que estorbaba su vista mostró sus ojos de gata y con tono de súplica le dijo:

-Don Juan Tomás-, porque era muy conocido en el barrio, -¿cree que yo pueda trabajar también?- Le pareció un déjà vu, se vio en ella, de cuando fue un cimarrón entre algodones, de la desventaja de haber nacido estrellado y su consecuente rémora.
Y Juan Tomás enternecido argumentó:
-Claro que puedes, solo ten cuidado de no cortarte-.

Lirín se fue tan contenta, dando los pequeños brincos que su hechura le permitía y con un aire infantil se llevaba la mano a la boca con asombro y agradecimiento de trabajar para comer. A mucho esfuerzo llegó a la botellería, ya había oído de la tarea. Grandes drones con agua y Octagón para fregar las botellas, otro dron con agua clara y Piola para enjuagarlas y unos cajones de madera donde se apilaban al final. Lirín disfrutó lo que otros daban por ordinario. Le fascinaron las coloridas botellas traspasadas por la luz, el sonido musical del vidrio con vidrio, y los olores de las aguas dulces de Royal Crown, Cola Champagne y Old Colony, que le hacían la boca agua. Frente al dron usó su ingenio perfeccionado con la práctica, su brazo libre se alió con su barbilla, con el pecho y el resto del cuerpo para realizar la tarea. Con esmero se aseguró de la limpieza de las botellas que como preciadas criaturas colocaba en el cajón. Juan Tomás dio la voz de salida y se dispuso a pagar, y llamó primero a las últimas. Lirín fue la primera, le siguieron las mujeres, luego los jóvenes; los vecinos y los empleados regulares quedaron al final.
Quienes murmuraban entre dientes:

-Cómo le han pagado el mismo salario a Lirín que solo trabajó una hora, también a las mujeres y a esos mocosos que vinieron a trabajar. Esto es una injusticia, hemos trabajado más horas, merecemos más-.
Juan Tomás les habló con el corazón en las manos y les dijo:
-Amigos no estoy cometiendo ninguna injusticia con ustedes, ni midiendo con vara diferente. ¿Acaso no aceptaron hacer la tarea por el salario de un día de trabajo? Soy un hombre de palabra y pago como acordado. ¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O es que sienten envidia de mi generosidad? -, puntualizó Juan Tomás.

Primero las ultimas

Nadie dijo ni esta boca es mía. Cada uno y cada cual abandonó la botellería como si hubiera caído un rayo. Entonces, Lirín ajena del significado de la discusión salió loca de contenta con su cargamento hacia su hogar y Juan Tomás quedó en la botellería, aquel sábado diferente, mientras le crecían alas en su corazón.

 

Una oración contestada

Allí estaba, en su cita esperando un nuevo diagnóstico. Ya no venía solo, le acompaña su hija. Mirando a su alrededor un tanto desorientado y sintiendo su cabeza vana, argumentó a su hija, con cierta urgencia: -Si el Señor me sanara-.
Si lo sanara del tormento silente de las amargas memorias de infancia, de la obsesión de recuperar un amor desvencijado, de la ansiedad constante que invadía su sueño, de su respuesta violenta a lo inevitable, de la perse y las ideas temerarias llenas de oscuridad y muerte, pero más que todo sanarse, de la pendencia atemorizante de extraviarse por los caminos malogrados de su mente como presagiaba su herencia.

Una oración contestada

Por fin en la oficina, el médico le pregunta su nombre. Paulino se quedó mirando a la distancia, ya los estragos eran evidentes. Y aquella oración retumbó en la cabeza de su hija hasta su respuesta, aunque él nunca la supo.


 

Lillian CorderoSobre la autora

Lillian R. Cordero Vega es oriunda de Santurce. Egresada de la escuela pública de Puerto Rico y producto de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Posee bachillerato en Ciencias Secretariales, maestría en Administración Pública y doctorado en Educación. Desde su jubilación, explora el arte de la palabra.