El río y La maldición Por Máximo A. Campos

El río

Los brazos con las carnes flácidas le cubren la cabeza encanecida. Está sentado en una colina cerca del río. Ve cómo su casa de madera, junto a todo lo que tiene adentro, es arrastrada por la corriente. Ha llovido por varios días y el agua llega furiosa; rebasa los bordes del cauce y se hace dueña, nuevamente, de los terrenos por los que alguna vez discurría. En ellos encuentra la vivienda que ahora da tumbos en el torrente. Al hombre le viene el recuerdo de su esposa fallecida hace ya mucho tiempo; el de los hijos que, huyéndole al campo, se han marchado al extranjero donde quizás las ocupaciones no les permiten volver a visitarlo ni enviarle algún recado ni dos líneas en un pedazo de papel. Imagina las caritas de los nietos. Sabe de ellos porque un vecino le da la noticia. Una sonrisa le recorre los labios al pensar si los niños se parecen a él. Echa un vistazo a su heredad. La desolación cubre todo el predio. Se pone de pie con la poca fuerza que le queda, emprende una carrera colina abajo y se lanza a las aguas embravecidas para recuperar lo que es suyo.

Río

La maldición

 

Él llega a la casa y tiene una discusión con la compañera. No puede controlarse y la golpea. Al otro día, para evitar problemas con las autoridades, sale del país. Sabe de un lugar tranquilo, muy apartado, y allá se dirige. Poco tiempo después, nota que una parte de los hombres anda con la mano derecha rígida y dirigida hacia arriba; otros, la izquierda y unos pocos, las dos. Se acerca a uno de los vecinos de mayor edad; pregunta el porqué y el anciano le dice que es una maldición que existe desde hace mucho tiempo: Pero creo que el pueblo está limpio. En los últimos años no ha caído sobre nadie. Pasan varios meses, el extranjero hace amistad con una joven y se casan. El matrimonio es un modelo para todos. Los esposos son felices. Nace el primer retoño, y la casa se ilumina. Un día, entrada la noche, el hombre llega de mal humor. Cuando la esposa quiere hablarle, descarga su furia contra ella. Se acuesta. El insomnio lo fustiga. Piensa que debe marcharse y abandonar todo. El sueño lo vence un poco antes de la hora de levantarse. Los primeros rayos del sol le calientan la cara. Se le hizo tarde. Trata deponerse en pie y ve que tiene la mano derecha endurecida y dirigida hacia arriba para siempre.

Maldición


Máximo CamposSobre el autor

Máximo A. Campos forma parte del colectivo literario Cómplices en la palabra. Ha participado en las dos antologías que ha publicado el grupo: Cómplices en la palabra, Relatos por voces diversas (ganadora de mención honorífica del Pen Club Internacional, 2014). Es estudiante de la maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón.

 

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