Aquel perfume Por Mara Daisy Cruz

      No lograba identificar la cálida fragancia que entró por su ventana. Vendría del piso nueve, tal vez del siete, lo cierto era que la brisa movía el aroma a su antojo. Se distrajo lavando los platos acumulados durante varios días. Una nueva oleada perduró esta vez por más tiempo gracias a su composición de madera y lavanda. Intentó recordar. En el reloj de la sala sonaban ocho campanadas cuando Olimpia se preguntó en qué tiempo y a quién le perteneció aquella esencia que insistía en evocar cosas pasadas.

      Se escuchaban las risas claras de un hombre y una mujer que parecían jugar. El aroma masculino flotaba con fuerza y se mezclaba en el aire tibio de la noche. Por más que quiso, su cerebro no podía descifrar si era un perfume varonil o el olor de una casa que antes le perteneció. La brisa la obligó a arrastrar las piernas varicosas de una ventana a la otra en un intento por arrebatarle al viento el olor de otros tiempos.

      Diez campanadas sonaron en la sala cuando Olimpia regresó a la ventana de la cocina. No se movió; con la mirada nublada por los años observó el horizonte mientras trataba de rescatar los recuerdos de su memoria gastada. Al toque de las undécimas campanadas, Olimpia apagó las luces del apartamento. Salió al balcón iluminado por la luna y se sentó a meditar. Una vez más entró el perfume: esta vez más tenue. Como relámpago fugaz evocó algo que no lograba descifrar. ¿A quién le perteneció aquella fragancia que ahora le exigía recordar? Rebuscó en su memoria, trató de darle un rostro, una piel, pero en vano lo lograba.

Aquel perfume

      Mientras arrastraba por el pasillo los pies, tan envejecidos como su cara, escuchó una docena de campanadas. Se paró frente al ropero antiguo y se miró en el espejo corroído que le devolvía un semblante excesivamente ajado. Con una leve mueca observó con horror que el tiempo dejó en ruinas lo que antes fue una perfecta sonrisa. Ahora recordaba el rostro de su adolescencia.

      Le dio vueltas a la llave que siempre estuvo en la puerta del viejo mueble, sacó una caja descolorida y con las manos mustias le sacudió el polvo de la tapa. La puso sobre la cama de pilares y se sentó al lado. Al destaparla, encontró una carta dirigida a ella. Era de un tal Armando, que le había escrito hacía más de sesenta años. Decía que se marchaba con otra, que lo olvidara porque no regresaría jamás. Olimpia buscó dentro de la caja para ver si encontraba alguna fotografía; no recordaba quién le escribió aquella carta. Después de retenerla por largo rato entre las manos moteadas, volvió a guardarla. La puso sobre un traje amarillento de encajes y perlas que una vez fue blanco.

      Cuando sonó la primera campanada de la madrugada Olimpia regresó al balcón. Acomodó una silla para esperar a que el viento le devolviera la fragancia. Escuchó las risas. La brisa no dejaba de soplar. Con dificultad se levantó y apoyó las manos sobre la barandilla; apretó los ojos para obligarse a recordar a quién le pertenecía aquel perfume varonil que flotaba con intensidad. Con el olfato trató de atrapar la fragancia que se acercaba y alejaba de su balcón.

      Cuando sonó la segunda campanada la silla del balcón número ocho estaba vacía. Afuera se percibía un olor a muerte. En el silencio de la madrugada, un farol iluminaba un rostro arrugado, ensangrentado y sin vida sobre el pavimento frío.


Mara Daisy CruzSobre la autora

Mara Daisy Cruz, puertorriqueña, es contadora. También posee una Maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón, aprobada con distinción, recibió la Medalla Pórtico por excelencia académica. Ha publicado cuentos y poesías en América Latina y en España. Fundadora del colectivo de escritores Amalgama G7. Fundadora y directora de la revista literaria Letras Nuevas. Fundadora y directora del Instituto de Formación Literaria, organismo desde el cual ejerce desde el 2008 la filantropía cultural y educativa y para el cual ha dirigido una serie de talleres de cuento en diferentes instituciones de Puerto Rico. Administradora del portal literario CiudadSeva.com. Fue secretaria de la Junta Directiva de La Cofradía de escritores de Puerto Rico y tesorera del PEN Club de Puerto Rico. Actualmente trabaja en su primera novela.

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