Santa María revisitada: Risa y escarnio en Juntacadáveres Por Marta I. Jiménez Alicea

      Juan Carlos Onetti (1909-1995) es uno de esos escritores grandiosos que gestan múltiples reacciones de amor y odio. El amor surge ante la contemplación de una literatura estéticamente genial que puede provocar desconcierto. El odio surge de la misma matriz; de esa escritura única y animada que puede convertirse en un enigma.

      Este uruguayo, que figura entre los autores más destacados del Boom, nos ofrece una amplia narrativa que inicia en 1939 con la novela El pozo y culmina en 1995 con una antología de sus reportajes y otros escritos titulada Confesiones de un lector. La obra de Onetti está situada en la urbe, específicamente en Santa María. Santa María resulta un entorno contradictorio ya que evoca geografías familiares, pero a la vez se aleja de estas por su marcada unicidad. Esta ciudad adquiere connotaciones universales que sobrepasan las páginas de La vida breve (1951), El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964).

Juntacadaveres

      El estilo de Onetti -específicamente en El astillero y Juntacadáveres- está marcado por rasgos muy articulados. La multiplicidad narrativa, así como los diálogos y los soliloquios forman parte del canal comunicativo con el lector. El énfasis en las descripciones detalladas e hiperbólicas de los personajes, son, asimismo, mecanismos para construir una atmósfera cargada de sentimientos en la que la ironía se yergue como rasgo fundamental. Se trata de un mundo estático en el que no hay conmiseración y el nacer es solo un factor que contribuye al estancamiento, tal y como expresa uno de los narradores de Juntacadáveres: “Todo trasplante a Santa María se marchita y degenera” (135).

      A tono con el peculiar estilo de este escritor, este acercamiento pretende ofrecer una lectura de la novela Juntacadáveres amparada en los conceptos del carnaval y el grotesco romántico propuesto por Mijaíl Bajtín, en su texto La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais. Bajtín señala que el carnaval:

Se caracteriza principalmente por la lógica original de las cosas “al revés” y “contradictorias”, de las permutaciones constantes de lo alto y lo bajo (“la rueda”) del frente y el revés, y por las diversas formas de parodias, inversiones, degradaciones, profanaciones, coronamientos y derrocamientos bufonescos (40).

      Como veremos a continuación, las marcas y tópicos del carnaval se hacen presentes en esta novela de manera reiterativa, aunque no se consiga la risa, sino una mueca de dolorosa ironía. La parodia, entendida como burla y deformación, es el eje que engrana esta historia.

   En Juntacadáveres el humor es triste y el aspecto lúdico se trabaja básicamente mediante esquemas paródicos que se anuncian desde el título. Se trata de un universo absurdo en el que no hay crecimiento ni regeneración, sino acabamiento. Desde el inicio sabemos que la empresa de Larsen es una fallida, más aun, él mismo lo anticipa:

Proyectó mentirles acerca de plantaciones y cosechas, citar cifras y nombres de tipos de trigo. Y aunque no dijo nada, aunque las cosas pensadas solo se mostraron en la línea blancuzca de saliva que se le formó en la sonrisa, mientras se ponía de pie y ayudaba a las mujeres a mover las valijas, sospechó que la tentación de decir absurdos procedía de aquella amenaza de cansancio, de aquel miedo al acabamiento que lo había cercado en los últimos meses, desde el día en que creyó que había llegado, por fin, la hora del desquite, la hora de palpar los hermosos sueños, y en que aceptó la duda de que tal vez hubiera llegado demasiado tarde (10).

Larsen es quien junta a las prostitutas, que, como Rocinante, ya solo son íconos de un pasado glorioso. Estos cadáveres son vivo ejemplo del Carpe Diem, marca de la Moira que acecha a toda la humanidad, pero también le permiten al lector acceder al mundo de podredumbre y decadencia que los arropa. Santa María resulta entonces en una metáfora de las sociedades modernas con toda su amplitud y enfermedad.

escarnio

      Es precisamente el arribo del prostíbulo con su visión deformada de los supuestos éticos lo que permite configurar el “mundo al revés”. En ese ámbito oscuro y falto de moral impera un sentido de igualdad y respeto que se opone al mundo de prejuicios, falsedades y abusos de poder que engalanan a Santa María. De acuerdo a Bajtín, esta igualdad es un aspecto medular del carnaval que propone “la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes” (15). Esta igualdad operaba de la misma manera en las vías comunicativas, lo que permitía que surgiera “un tipo particular de comunicación inconcebible en situaciones normales (15)”. Y son precisamente las prostitutas quienes, para defenderse de su tenebrosa existencia y validar su estima, se valían de improperios para comunicarse. Como explica el narrador: “Enfriadas y con desconfianza, heridas por el viaje a través de la ciudad vacía, ellas rebuscarían palabras sucias para imponer normalidad al mundo” (20).

      En el burdel, el dinero permitía el mismo acceso a los favores que allí se ofrecían, lo que creaba un espacio de igualdad entre los clientes. En este espacio se erigía Larsen como el ente de poder. Para Bajtín lo más importante del carnaval era la coronación y casi inmediatamente el derrocamiento del rey, quien era “un antípoda del rey verdadero: esclavo o bufón, con lo cual se consagra el mundo al revés del carnaval” (175).

    La coronación de Larsen se da al permitirle operar el prostíbulo. Este hombre es esclavo de su manera retorcida de ver la vida, de su paso abrupto en el que se alimenta de las mujeres cual si fuera un vampiro. Uno de los narradores nos presenta su coronación:

Díaz Grey imaginó a Junta, un poco borracho en la celebración, conmovido por la revancha, por la victoria conseguida a los cincuenta años, audaz, cegado por el triunfo y el orgullo, impulsado a revelar a las tres mujeres el secreto de la empresa, el verdadero móvil a que estaba obedeciendo (20).

      Su derrocamiento consiste en el cierre de su negocio y su consiguiente expulsión de Santa María cuando -en apariencia- la sociedad había asimilado su presencia y sus modos. El narrador, Jorge Malabia, nos muestra el derrocamiento: “Los dejé subir, vi a las viejas mujeres dobladas por las valijas, vi a un Juntacadáveres disminuido en su estatura, cabizbajo, las manos unidas en la espalda sostenido por los restos de un lejano orgullo” (255).
Junto a las coronaciones y los derrocamientos, en el carnaval se presentan los juegos de dobles, para lo cual se recurre a la imagen del espejo. Este juego de dobles es una manera más de articular la parodia. En esta novela hay varias parejas de dobles: María Bonita y Nora, Jorge y Federico Malabia, las muchachas de la Acción Cooperativa y las prostitutas. Entre estos dobles sobresale el dúo conformado por Larsen y el cura Begner.

      Larsen es- para todos los efectos- el culpable de que el pecado llegue a Santa María. Su opuesto directo es el cura Begner, el salvador de ese pueblo. Los sermones del cura fungen como arengas para el batallón de puritanos del pueblo y logran la expulsión de las prostitutas y el cierre del burdel.

      Es menester destacar que en el carnaval los espejos muestran distintos tipos de dobles, algunos deformados. Como resultado de esta multiplicidad de posibilidades que magnifica el cristal, nos permitimos afirmar que Marcos, Lanza y Jorge funcionan como imágenes duplicadas de Larsen. Y es que tanto Junta como Larsen son reyes derrocados. Sucede que en cierto momento, Marcos -junto a dos parejas- fundó un falansterio en el que disfrutó del amor variado, libre y gratuito. Este falansterio sufrió la censura de la ciudad y en el presente, Marcos, quien era un bebedor empedernido y era amante de Rita, se había cambiado de bando para dejar de ser acusado y tornarse acusador y corifeo de la mayoría capitaneada por su pariente el cura. Lanza alardeaba de su rol de reportero y se refería a Larsen, colega que trabajaba con él, cual si fuera un ser de otro mundo. Por su parte, Jorge parece mostrarse como una posibilidad del Larsen pasado o quizás, hasta del futuro, ya que las experiencias que estaba viviendo lo encaminaban a tener una cosmovisión pesimista y vacía como la del chulo.

      Como señaláramos, tanto en Juntacadáveres como en otras obras de Onetti, los personajes exhiben un grado casi total de alienación, la mayor parte de las veces como resultado de una especie de determinismo fatalista que los envuelve. Larsen, Jorge, Marcos, Julita, Díaz Grey y los demás caracteres de esta narrativa reconocen su soledad, aun en medio de la gente. En su mundo no hay alegría, pese a que sí puede aparecer una mueca. Bajtín ha explicado que esta conducta es característica de lo que llama “grotesco romántico” (40).

      En este tipo de grotesco, abundan las expresiones de temor ante el mundo circundante, sobra el sarcasmo e impera la locura, que de acuerdo a este teórico “permite observar al mundo con una mirada diferente, no influida por el punto de vista ‘normal’, o sea por las ideas y juicios comunes” (41). En esta historia de Onetti es Julita quien de acuerdo a Jorge: “eligió estar loca para seguir viviendo” (34). Y es que la viuda de Federico Malabia habita en un espacio en el que confunde a su cuñado Jorge con su amado marido. Julita decide hasta tener un hijo o hija al que nombraría Federico. Al ceder a su juego, Jorge encarna el rol de la marioneta, centro del grotesco bajtiniano como símbolo del trágico devenir humano ante fuerzas sobrenaturales que cancelan su libertad. El propio Jorge confirma este hecho:

Tiene los ojos abiertos hacia mí, hacia mi cara ansiosa y toda la súplica que puedo mostrar. Pero no ve otra cosa que el muchachito que necesita y utiliza. Y tengo que reconocerme en sus ojos, como en todos los ojos de adultos que me enfrentan, débil, variable, contradictorio. Me estoy viendo y acepto: débil, puro, incapaz de soledad, sin más destino posible que ser un elemento en la existencia de otro, otros (39).

      Indudablemente, la locura le permite a Jorge el ingreso a un mundo alterno que le sirve de refugio, aunque reconoce su rol. Es ante el suicidio de Julita que Jorge explaya su parecer “Se movía lenta y aburrida mientras yo le rezaba una vieja canción: Las marionetas dan, dan/ dan tres vueltas y se van” (259). Este desenlace le permite a Malabia reafirmar que Julita era marioneta, a su vez, de un espacio mayor ineludible para todos. En este ámbito trágico surge como otro asidero el tópico de la máscara, que según Bajtín: “Suele disimular un vacío horroroso la ‘nada’” (42). Jorge nos explica este aspecto de Junta: “la cara de Junta, pronta para la lucha, para la traición y el negocio, podía traducir, indiferentemente, el vigor o la debilidad de su empresa, de él mismo en relación a su empresa” (15).

      En Juntacadáveres abundan, asimismo, las descripciones exageradas que tienen como fin deformar a sus referentes y prácticamente aniquilarlos, como se destaca en esta mirada de Jorge a Julita:

Abrió los ojos para dármelos, con tanta furia que yo podía esperar que cayeran, sentir el golpe simultáneo contra el suelo de las dos gotas blandas, azules o verdes. Me sonrió con la boca abierta, asombrosamente grande; estaban sólidas, parejas, las dos filas de dientes, pero lo único que contaba era el agujero redondo y negro, el conjunto completo de los elementos correspondientes al grito que ella era capaz de hacer (52).

      Como hemos atestiguado, con Juntacadáveres, Onetti nos ofrece un mundo oscuro y decadente en el que los personajes cohabitan en una suerte de marasmo perenne. El dolor del ser se esconde en el grotesco romántico que elimina o atenúa los significados lúdicos del texto que el carnaval en su visión totalizadora incorpora. A pesar del aliento fatigoso de la historia, la tragedia no es tal, ya que se prepara la ruta para desembocar en ella y en esto estriba la parodia o burla mayor. La vida en Santa María es solo el reverso de una existencia con una dosis mayor de posibilidad en la que nacer y desarrollarse pudieran ser una certeza obligada.

risa

      Resulta significativo que Jorge Malabia sea uno de los narradores de la historia, ya que esto le confiere el sabor de un bildungsroman y acrecienta el pesimismo y la desazón reinantes. Pese a esto, en determinados contextos se traslada la significación ofrecida comúnmente a ciertos elementos y se subvierte su intención en una suerte de parodia carnavalesca que utiliza los recursos comunes del carnaval con otro fin que no es el de provocar risa, sino convocar al escarnio. Es esta la última mueca de este autor.

Bibliografía

Aínsa, Fernando. “Del yo al nosotros: El desdoblamiento de la identidad en la obra de Juan Carlos Onetti”. Alpha 20, dic. 2004, http://www.dx.doi.org/10.4067/S0718-22012004000200002. Recuperado 10 mar. 2017.

Bajtín, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, Julio Forcat y César Conroy, trads., Alianza Editorial, 1998.

Lesmes Guerrero, Mildred. “De putas, sueños y fracasos”. Crítica.cl, Año XX, 25 jul. 2008, http://www.critica.cl/literatura/de-putas-suenos-y-fracasos. Recuperado el 16 mar. 2017.

Onetti, Juan Carlos. Juntacadáveres, Seix Barral, 1978.

Shaw, Donald L. Nueva narrativa hispanoamericana. Boom. Posboom. Posmodernismo. 6ta ed., Ediciones Cátedra, S.A., 1999.


 

Marta JiménezSobre la autora

Marta I. Jiménez Alicea es Catedrática Auxiliar en la UPR de Humacao y en la Universidad del Turabo. Ha laborado también en la UPR de Río Piedras y Cayey, en la Universidad del Turabo en Cayey y en el Departamento de Educación. Posee un doctorado en Estudios Hispánicos de la UPR, Río Piedras y es especialista en Literatura hispanoamericana y puertorriqueña.

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